Contame algo del Chaco y agregale musiquita
Huís de un excombatiente de la Guerra del Chaco que habita un asilo sobre la calle Jejuí. Si habla, huís pero escuchás. Aguantá, antes de seguir en esa tarea: Divididos, la canción se llama Pestaña de Camello.
¿Por qué carajo musicalizar una huída? El carajo es un puesto de vigía, y alguien que huye suele mirar hacia atrás.
Pensás en la sed, en las pestañas duras y canosas de ese camello, de uno que observa en el desierto sin moverse, ni el desierto se mueve ni él. Ahí no hay río, flujo: la tenían fácil los personajes de Conrad, Herzog y Ford Coppola: la óptica se movía; permanecía en esencia la misma cosa, el horror, el horror, sí, sí, bueno, ¡e pur se muove!
Al igual que esos otros “cientos de dromedarios en un desierto quieto”[1], nuestro combatiente traga su saliva imaginaria. Tiene su miedo bien amordazado y eso le deja alucinar sobre la tierra en guerra. Es un soldado paraguayo dentro de ellas, la guerra y la tierra, no con el rostro demencial de Klaus/Kinski, sino con otra cosa que es sorda y sonora. Cerca de ahí, un cebú sagua’a alguna vez premiado en la Expo y con el ojo de un camello incrustado en la joroba espía de vez en cuando entre la maleza. En la madrugada caga y enseguida orina sobre su mierda: crecen los hongos para el soldado paraguayo. Para el soldado boliviano. Incluso para la heroica bolicuñá comando que se viste de hombre y deja escrito su nombre con cuchillo en los parajes más jodidos en su solitario patrullaje alucinado. Se hace llamar Víctor Ustarez. (más…)
