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	<title>.: imaginera :.</title>
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	<description>imagina imagina imagina imaginérame</description>
	<pubDate>Mon, 02 Mar 2009 19:00:33 +0000</pubDate>
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	<language>en</language>
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		<title>Kundera, Milan. La ignorancia. Barcelona. Tusquets. 2000. p 199.</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Mar 2007 16:14:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>LaVacaMulticolor</dc:creator>
		
	<category>Autores</category>
	<category>Libros</category>
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		<description><![CDATA[El eje central de esta breve novela es la nostalgia, pero no cualquier nostalgia sino la de aquella que siente el que se ve forzado a emigrar por razones políticas o de libertad. La nostalgia por los años que han pasado y la confrontación del periodo vivido fuera con el periodo de la vida de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://melancoholia.files.wordpress.com/2007/03/sem-milan1.jpg" align="left" />El eje central de esta breve novela es la nostalgia, pero no cualquier nostalgia sino la de aquella que siente el que se ve forzado a emigrar por razones políticas o de libertad. La nostalgia por los años que han pasado y la confrontación del periodo vivido fuera con el periodo de la vida de las personas que han quedado en la patria. Confrontación de lo que es, lo que fue y lo que pudiese haber sido en otras circunstancias.</p>
<p>Dentro de la reflexión filosófica acostumbrada en los libros que he leído de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Kundera" target="_blank">Kundera</a>, la comparación de esa añoranza de los personajes con la nostalgia de Ulises y su retorno a casa, así como el análisis lingüístico del término en varios idiomas es lo que más me ha cautivado de este librito mucho muy recomendable.</p>
<p> Sinopsis de la edición:</p>
<blockquote><p>Una mujer y un hombre se encuentran por casualidad durante su viaje de regreso al pais natal del que emigraron hace veinte años. ¿Podrán reemprender una extrana historia de amor, apenas iniciada entonces en su tierra? El caso es que, tras tan larga ausencia, sus recuerdos no se parecen. Porque nuestra memoria, la pobre, ¿qué puede hacer? Solo es capaz de retener del pasado una miserable pequena parcela sin que nadie sepa por que precisamente esa y no otra? Vivimos sumidos en un inmenso olvido, y no queremos saberlo. Solo aquellos que, como Ulises, vuelven despues de veinte anos a su Ctaca natal pueden ver de cerca, atonitos y deslumbrados, a la diosa de la ignorancia.</p>
</blockquote>
<p>Recortes:</p>
<blockquote><p>[…]<br />
En griego, «regreso» se dice <strong><font color="#ef6c6c">nostos</font></strong>. Algos significa «sufrimiento». La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. La mayoría de los europeos puede emplear para esta noción fundamental una palabra de origen griego (<strong><font color="#ef6c6c">nostalgia</font></strong>) y, además, otras palabras con raíces en la lengua nacional: en español decimos «añoranza»; en portugués, <strong><font color="#ef6c6c">saudade</font></strong>. En cada lengua estas palabras poseen un matiz semántico distinto. Con frecuencia tan sólo significan la tristeza causada por la imposibilidad de regresar a la propia tierra. Morriña del terruño. Morriña del hogar. En inglés sería <strong><font color="#ef6c6c">homesickness</font></strong>, o en alemán <strong><font color="#ef6c6c">Heimweh</font></strong>, o en holandés <strong><font color="#ef6c6c">heimwee</font></strong>. Pero es una reducción espacial de esta gran noción. El islandés, una de las lenguas europeas más antiguas, distingue claramente dos términos: <strong><font color="#ef6c6c">söknudur</font></strong>: nostalgia en su sentido general; y<strong><font color="#ef6c6c"> heimfra</font></strong>: morriña del terruño. Los checos, al lado de la palabra «nostalgia» tomada del griego, tienen para la misma función su propio sustantivo: <strong><font color="#ef6c6c">stesk</font></strong>,  y su propio verbo; una de las frases de amor checas más conmovedoras es <strong><font color="#ef6c6c">styska se mi po tobe</font></strong>: «te añoro; ya no puedo soportar el dolor de tu ausencia». En español, «añoranza» proviene del verbo «añorar», que proviene a su vez del catalán <strong><font color="#ef6c6c">enyorar</font></strong>, derivado del verbo latino <strong><font color="#ef6c6c">ignorare </font></strong>(ignorar, no saber de algo). A la luz de esta etimología, la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia. Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país queda lejos, y no sé qué ocurre en él. Algunas lenguas tienen alguna dificultad con la añoranza: los franceses sólo pueden expresarla mediante la palabra de origen griego (nostalgia) y no tienen verbo: pueden decir:<strong><font color="#ef6c6c"> je m’ennuie de toi</font></strong> (equivalente a «te echo de menos» o «en falta»), pero esta expresión es endeble, fría, en todo caso demasiado leve para un sentimiento tan grave. Los alemanes emplean pocas veces la palabra «nostalgia» en su forma griega y prefieren decir <strong><font color="#ef6c6c">Sehnsucht</font></strong>: deseo de lo que está ausente; pero <strong><font color="#ef6c6c">Sehnsucht</font></strong> puede aludir tanto a lo que fue como a lo que nunca ha sido (una nueva aventura), por lo que no implica necesariamente la idea de un nostos; para incluir en la <strong><font color="#ef6c6c">Sehnsucht</font></strong> la obsesión del regreso, habría que añadir un complemento:<strong><font color="#ef6c6c"> Sehnsucht</font></strong> <strong><font color="#ef6c6c">nach der Vergangenheit, nach der</font></strong> <strong><font color="#ef6c6c">verlorenen Kindheit</font></strong>, o  <strong><font color="#ef6c6c">nach der resten Liebe</font></strong> (deseo del pasado, de la infancia perdida o del primer amor). […]</p>
</blockquote>
<p><a id="more-201"></a></p>
<blockquote><p>[…] Cuanto mayor es el tiempo que hemos dejado atrás, más irresistible es la voz que nos incita al regreso. Esta sentencia parece un lugar común, sin embargo es falsa. El ser humano envejece, el final se acerca, cada instante pasa a ser siempre más apreciado y ya no queda tiempo que perder con recuerdos. Hay que comprender la paradoja matemática de la nostalgia: ésta se manifiesta con más fuerza en la primera juventud, cuando el volumen de la vida pasada es todavía insignificante. […]</p>
</blockquote>
<p> </p>
<blockquote><p>[…] Tampoco la memoria es comprensible sin un acercamiento matemático. El dato fundamental radica en la relación numérica entre el tiempo de la vida vivida y el tiempo de la vida almacenada en la memoria. Nunca hemos intentado calcular esta relación y, por otra parte, no disponemos de ningún medio técnico para hacerlo; no obstante, sin grandes riesgos de equivocarme, puedo suponer que la memoria no conserva sino una millonésima, una milmillonésima, o sea una parcela muy ínfima, de la vida vivida. Esto también forma parte de la esencia misma del hombre. Si alguien pudiera conservar en su memoria todo lo que ha vivido, si pudiera evocar cuando quisiera cualquier fragmento de su pasado, no tendría nada que ver con un ser humano: ni sus amores, ni sus amistades, ni sus odios, ni su facultad de perdonar o de vengarse se parecerían a los nuestros. […]</p>
</blockquote>
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		</item>
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		<title>La tristeza de las vergas Bittrich la entendió mejor que nadie</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Oct 2006 18:33:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nico</dc:creator>
		
	<category>Cuentos</category>
	<category>Autores</category>
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		<description><![CDATA[Yo compré este libro, Putas Asesinas, uno de los pocos objetos que hice el esfuerzo de abonar su precio exorbitante. Tengo la certeza de que la información que uno elige no piratear, en todo caso porque consigue el dinero, suele convertirse en víctima, no del pirateado, sino del préstamo infinito. Lo busqué hace unos días, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Yo compré este libro, Putas Asesinas, uno de los pocos objetos que hice el esfuerzo de abonar su precio exorbitante. Tengo la certeza de que la información que uno elige no piratear, en todo caso porque consigue el dinero, suele convertirse en víctima, no del pirateado, sino del préstamo infinito. Lo busqué hace unos días, curioso o nostálgico. Pero se fue por ahí, de mano en mano, demasiado difícil de perseguir, de recordar. Uno nada más lo mira achicarse en la distancia, flotando. El mundo del préstamo bibliográfico también es redondo. Por eso hay que piratear todo, absolutamente todo. Y subirlo a la red.</p>
<p>De Putas Asesinas, de Roberto Bolaño, este cuento no lo pude encontrar por más saltos que hice de hipertexto en hipertexto. Como lo tipeé hace un par de años para compartirlo por correo entre los perros, aquí lo hago una vez más, esto sí lo encontré y, para que no se pierda, que esté para cualquiera; además porque hasta hoy lo entraño como uno de los mejores párrafos que he cruzado:</p>
<p>PREFIGURACIÓN DE LALO CURA<br />
<a id="more-184"></a></p>
<p>Parece mentira, pero yo nací en el barrio de los Empalados. El nombre brilla como la luna. El nombre, con su cuerno, abre un camino en el sueño y el hombre camina por ese sendero. Un sendero tembloroso. Siempre crudo. El sendero de llegada o de salida del infierno. A eso se reduce todo. Acercarse o alejarse del infierno. Yo, por ejemplo, he mandado matar. He hecho los mejores regalos de cumpleaños. He financiado proyectos faraónicos. He abierto los ojos en la oscuridad. Con extrema lentitud abrí los ojos en la oscuridad total y sólo vi o imaginé aquel nombre: barrio de los Empalados, fulgurante como la estrella del destino. Naturalmente, os contaré todo. Mi padre fue un cura renegado. No sé si era colombiano o de qué país. Latinoamericano era. Pobre como las ratas, apareció una noche por Medellín dando sermones en cantinas y burdeles. Algunos creyeron que era un agente de los servicios secretos, pero mi madre evitó que lo mataran y se lo llevó a su penthouse en el barrio. Vivieron juntos cuatro meses, hasta donde yo sé, y luego mi padre desapareció en el Evangelio. Latinoamérica lo llamaba y él siguió deslizándose en las palabras del sacrificio hasta desaparecer, hasta no dejar rastro. Si era sacerdote católico o protestante es algo que ya no sabré. Sé que estaba solo y que se movía entre las masas afiebrado y sin amor, lleno de pasión y vacío de esperanza. Cuando nací me pusieron por nombre Olegario, pero siempre me han llamado Lalo. A mi padre lo llamaban el Cura y así fue como mi madre me inscribió en el registro civil. Todo legal. Olegario Cura. Hasta fui bautizado en la fe católica. Mi madre, sin duda, era una soñadora. Se llamaba Connie Sánchez y si ustedes fueran menos jóvenes y más viciosos su nombre no les resultaría extraño. Fue una de las estrellas de la Productora Cinematográfica Olimpo. Las otras dos estrellas eran Doris Sánchez, la hermana menor de mi madre, y Mónica Farr, nacida Leticia Medina, natural de Valparaíso. Tres buenas amigas. La Productora Cinematográfica Olimpo se dedicaba a las películas pornográficas y aunque el negocio era semiilegal y el ambiente francamente hostil la empresa no se hundió hasta mediados los ochenta. El responsable fue un alemán polifacético, Helmut Bittrich, capaz de ejercer de gerente, director, escenógrafo, músico, relaciones públicas y ocasional matón de la productora. A veces incluso actuaba. Para estos menesteres usaba el nombre de Abelardo Bello. Un tipo extraño este Bittrich. Nunca lo vieron con el pene erecto. Le gustaba levantar pesas en el gimnasio Salud y Amistad, pero no era marica. Sólo sucedía que en el cine nunca se lo metió a nadie. Hombre o mujer. Si se toman la molestia lo pueden ver haciendo de mirón, de maestro de escuela o de espía en el seminario, siempre en un discreto segundo plano. Lo que más le gustaba era actuar de doctor. Un doctor alemán, se entiende, aunque la mayor parte del tiempo ni siquiera abría la boca: era el doctor Silencio. El doctor de los ojos azules resguardado detrás de una oportuna cortina de terciopelo. Bittrich tenía una casa en las afueras, en los lindes del barrio de los Empalados con el Gran Baldío. El chalet de las películas. La casa de la soledad que luego se convirtió en la casa del crimen, en una zona perdida, llena de arboledas y zarzas. Connie solía llevarme. Me quedaba en el patio jugando con los perros y los gansos que el alemán criaba como si fueran sus hijos. Las flores crecían salvajes entre la maleza y los hoyos de los perros. En una mañana cualquiera entraban en la casa de diez a quince personas. Las ventanas cerradas no impedían que oyera los lamentos que se proferían en el interior. A veces también se reían. A la hora de comer Connie y Doris instalaban una mesa plegable en el jardín de atrás, bajo un árbol, y los empleados de la Productora Cinematográfica Olimpo se despachaban a gusto con latas de conserva que Bittrich calentaba en un hornillo de gas. La gente comía directamente de las latas o en platos de cartón. Una vez entré en la cocina, para ayudar, y al abrir las estanterías sólo encontré enemas, cientos de enemas alineados como para una parada militar. Todo en la cocina era falso. No había platos de verdad, ni cubiertos de verdad, ni ollas de verdad. Así es el cine, me dijo Bittrich mirándome con aquellos ojos azules que entonces me asustaban y que ahora sólo me producen lástima. La cocina era falsa. Todo en la casa era falso. ¿Quién duerme aquí por la noche? En ocasiones el tío Helmut, contestaba Connie. El tío Helmut duerme aquí para cuidar a los perros y a los gansos y seguir trabajando. Trabajando en el montaje de sus películas artesanales. Artesanales, pero el negocio jamás se detenía: las películas iban destinadas a Alemania, Holanda, Suiza. Algunas quedaban en Latinoamérica y otras se vendían en Estados Unidos, pero la mayoría partían para Europa, que era donde Bittrich tenía los clientes. Tal vez por eso una voz en off, la voz del alemán, narraba en su idioma los cuadros representados. Como un cuaderno de viajes para sonámbulos. Y la fijación por la leche materna, otra característica europea. Cuando yo estaba dentro de Connie ésta siguió trabajando. Y Bittrich filmó películas de leche materna. Las del tipo Milch y Pregnant Fantasies, dedicadas al mercado de los hombres que creían o a quienes les gustaba creer que las mujeres embarazadas tienen leche. Connie, con una barriga de ocho meses, se apretaba los pechos y la leche fluía como lava. Se inclinaba sobre el Pajarito Gómez o sobre Sansón Fernández o sobre ambos y les dejaba ir un chisguetazo de leche. Trucos del alemán, Connie nunca tuvo leche. Un poco sí, unos quince días, tal vez veinte, lo suficiente para que yo la probara. Pero nada más. En realidad las películas eran del tipo Pregnant Fantasies y no del tipo Milch. Ahí está Connie: gorda, rubia, y yo dentro, hecho un ovillo, mientras ella ríe y unta con vaselina el culo del Pajarito Gómez. Sus movimientos ya son los movimientos delicados y seguros de una madre. Abandonada por el imbécil de mi padre, ahí está Connie, con Doris y Mónica Farr, sonriéndose intermitentemente, intercambiando muecas y gestos imperceptibles o secretos mientras el Pajarito mira como hipnotizado la barriga de Connie. El misterio de la vida en Latinoamérica. Como un pajarito delante de una serpiente. La Fuerza está conmigo, me dije, la primera vez que vi la película, a los diecinueve años, llorando a moco tendido, haciendo rechinar los dientes, pellizcándome las sienes, la Fuerza está conmigo. Todos los sueños son reales. Hubiera querido creer que las vergas que penetraron a mi madre se encontraron al final del sendero con mis ojos. Soñé con ello a menudo: mis ojos cerrados y translúcidos en la sopa negra de la vida. ¿De la vida? No: de los negocios que remedan la vida. Mis ojos en cruz, como la serpiente que hipnotiza al pajarito. Ya saben, tonterías de joven en el cine. Todo falso, como decía Bittrich. Y tenía razón, como casi siempre. Por eso las chicas lo adoraban. Les resultaba grato tener al alemán cerca de ellas, una voz amiga dispuesta para el consuelo o el consejo. Las chicas: Connie, Doris y Mónica. Tres buenas amigas perdidas en la noche de los tiempos. Connie intentó hacer carrera en Broadway. Me parece que nunca, ni en los peores años, rechazó la posibilidad de ser feliz. Allí, en Nueva York, conoció a Mónica Farr y compartieron miserias e ilusiones. Fueron camareras, vendieron sangre, hicieron de putas. Siempre buscando el hueco, deambulando por la ciudad enganchadas a un único walkman, algo propio de bailarinas, cada día más delgadas y más íntimas. Coristas, vicetiples. Buscando a Bob Fosse. En una fiesta en casa de unos colombianos encontraron a Bittrich, de paso por Nueva York con un lote de su mercancía. Hablaron hasta que amaneció. Nada de cama, sólo música y palabras. Esa noche echaron a rodar los dados por la Séptima Avenida, el artista prusiano y las putas latinoamericanas. Ya no había nada que hacer. Cuando sueño, en algunas pesadillas, vuelvo a verme reposando en el limbo y entonces oigo, al principio lejano, el golpe de los dados en el pavimento. Abro los ojos y grito. Algo cambió para siempre aquella madrugada. Se estableció, como la peste, el vínculo de la amistad. Después Connie y Mónica Farr consiguieron un contrato para actuar en Panamá, en donde las esquilmaron a conciencia. El alemán les pagó el billete para Medellín, la tierra de Connie y un lugar tan bueno como cualquier otro para Mónica. Hay unas fotos que las muestran en la escalerilla del avión: las tomó Doris, la única persona que las esperaba en el aeropuerto. Connie y Mónica llevan lentes negros y pantalones ajustados. No son muy altas, pero están bien proporcionadas. El sol de Medellín alarga sus sombras por la pista vacía de aviones, salvo uno, en el fondo, a medio salir de un hangar. No hay nubes en el cielo. Connie y Mónica enseñan los dientes. Beben coca-cola junto a la parada de taxis y fingen poses turbulentas. Turbulencias aéreas y turbulencias terrenas. Con sus gestos dan a entender que llegan directamente de Nueva York, aureoladas por el misterio. Luego Doris, jovencísima, aparece junto a ellas. Las tres abrazadas mientras un galante desconocido toma la foto, apoyadas en el guardabarros del taxi y observadas, desde el interior, por un taxista tan viejo y gastado que cuesta creer que sea real. Así empiezan las singladuras más llenas de pasión. Un mes después ya están filmando la primera película: <em>Hecatombe. </em>Mientras el mundo se convulsiona el alemán filma <em>Hecatombe. </em>Una película sobre las convulsiones del espíritu. Desde la cárcel un santo recuerda las noches de plenitud y jodienda. Connie y Mónica lo hacen con cuatro tipos con pinta de sombras. Doris y el ganso más grande de Bittrich pasean por la ribera de un río de poco caudal. La noche está inusualmente estrellada. Al amanecer Doris encuentra al Pajarito Gómez y se ponen a hacer el amor en la parte trasera de la casa de Bittrich. Hay un gran revoloteo de gansos. Connie y Mónica aplauden asomadas a una ventana. La verga de chicharrón del santo resplandece de semen. Fin. Los títulos de crédito aparecen sobre la imagen de un policía durmiendo. El humor de Bittrich. Películas celebradas por narcotraficantes y hombres de negocios. Los tipos simples como los pistoleros o los recaderos no las entendían, ellos de buena gana se hubieran cargado al alemán. Otra película: <em>Kundalini. </em>El velorio de un ganadero. Mientras los deudos lloran y beben café con aguardiente Connie entra en una habitación oscura llena de arreos de campo. De un ropero gigantesco surgen dos tipos disfrazados de toro y de cóndor respectivamente. Sin preámbulos fuerzan a Connie por las dos entradas. Los labios de Connie se curvan dibujando una letra. Mónica y Doris se meten mano en la cocina. Luego se ven establos atestados de ganado y un hombre que se aproxima trabajosamente, apartando vacas. Es el Pajarito Gómez. Nunca llega: la escena siguiente lo muestra tendido en el barro, entre los mojones y las patas de los animales. Mónica y Doris hacen un 69 negro en una gran cama blanca. El ganadero muerto abre los ojos. Se incorpora y sale del ataúd ante el horror y la estupefacción de familiares y amigos. Cubierta por el toro y por el cóndor, Connie pronuncia la palabra Kundalini. Las vacas huyen de los establos y los títulos de crédito aparecen sobre el cuerpo abandonado del Pajarito Gómez que poco a poco se va oscureciendo. Otra película: <em>Impluvio. </em>Dos mendigos verdaderos arrastran sendos sacos por una calle de tierra. Llegan al patio trasero de la casa de Bittrich. Encadenada de modo que sólo pueda permanecer de pie encontramos a Mónica Farr completamente desnuda. Los mendigos vacían los sacos: una nutrida colección de instrumentos sexuales de acero y cuero. Los mendigos se colocan máscaras con protuberancias fálicas y arrodillados delante y detrás de Mónica la penetran con cabezazos que resultan por lo menos ambiguos, uno no sabe si están excitados o si las máscaras los ahogan. Acostado en un catre militar, el Pajarito Gómez fuma. En otro catre el conscripto Sansón Fernández se hace una paja. La cámara recorre lentamente el rostro de Mónica: está llorando. Los mendigos se alejan arrastrando sus sacos por una miserable calle sin asfaltar. Aún encadenada, Mónica cierra los ojos y parece dormirse. Sueña con las máscaras, las narices de látex, los pellejos viejos que apenas contienen el aire que respiran, tan animosos, sin embargo, en su cometido. Pellejos sobrenaturales vaciados de todo lo esencial. Luego Mónica se viste, camina por el centro de Medellín, es invitada a una orgía en donde encuentra a Connie y a Doris, se besan y sonríen, se cuentan sus cosas. El Pajarito Gómez, con el uniforme de camuflaje a medio poner, se ha quedado dormido. Antes de que anochezca, cuando la orgía ha terminado, el dueño de la casa quiere enseñarles su posesión más preciada. Las chicas siguen a su anfitrión hasta un jardín cubierto por un armazón de metal y cristales. El dedo enjoyado del tipo indica algo en un extremo. Las chicas contemplan una pileta de cemento con forma de ataúd. Al asomarse ven sus rostros dibujados en el agua. Entonces cae el crepúsculo y los mendigos se internan por una zona de grandes naves industriales. La música, una conga de timbaleros, sube de volumen, se hace más siniestra y premonitoria, hasta que finalmente estalla la tormenta. A Bittrich le encantaba ese tipo de efectos sonoros. Los truenos en las montañas, el sonido del rayo, los árboles que caen fulminados, la lluvia sobre los cristales. Los coleccionaba en cintas de alta calidad. Para sus películas, decía, para conseguir un toque local, pero en realidad los apreciaba porque sí. Toda la gama de ruidos que produce la lluvia en la selva. El tañido del viento y del mar, acompasados o desacompasados. Sonidos para sentirse solo y para erizar los pelos. Su joya era el rugido de un huracán. Lo escuché siendo niño. Los actores tomaban café debajo de un árbol y Bittrich manipulaba una enorme grabadora alemana, distanciado de los demás y ungido por la palidez que le daba el exceso de trabajo. Ahora vas a escuchar al huracán desde dentro, me dijo. Al principio no oí nada. Creo que esperaba un estruendo de los mil demonios, algo que dañara los tímpanos, por lo que me sentí decepcionado al escuchar tan sólo una especie de remolino intermitente. Rasgado e intermitente. Como una hélice de carne. Y luego oí voces, pero no era el huracán, claro, sino los pilotos del avión que pasaba junto a él. Voces duras hablando en español y en inglés. Bittrich, mientras escuchaba, sonreía. Y luego oí otra vez el huracán y esta vez lo oí de verdad. El vacío. Un puente vertical y vacío, vacío, vacío. Nunca olvidaré aquella sonrisa de Bittrich. Era como si estuviera llorando. ¿Esto es todo?, pregunté sin querer reconocer que ya había tenido bastante. Eso es todo, dijo Bittrich abstraído en la cinta que giraba silenciosa. Luego detuvo la grabadora, la cerró con mucho cuidado y volvió con los demás al interior de la casa, a seguir trabajando. Otra película: <em>Barquero. </em>Por las ruinas uno podría creer que se trata de la vida en Latinoamérica después de la Tercera Guerra Mundial. Las chicas recorren basureros y caminos despoblados. Luego se ve un río de cauce ancho y aguas tranquilas. El Pajarito Gómez y otros dos tipos juegan a las cartas iluminados por una vela. Las chicas llegan a una fonda en donde los hombres van armados. Sucesivamente hacen el amor con todos. Desde los matorrales contemplan el río y unas maderas atadas torpemente. El Pajarito Gómez es el barquero, al menos todos lo llaman de esa manera, pero no se mueve de la mesa. Sus cartas son las mejores. Los maleantes comentan acerca de lo bien que juega. Qué bien juega el barquero. Qué suerte tiene el barquero. Poco a poco comienzan a escasear los víveres. El cocinero y el pinche de cocina martirizan a Doris, la penetran con los mangos de enormes cuchillos de carnicero. El hambre se enseñorea de la fonda: algunos no se levantan de la cama, otros deambulan por los matorrales buscando comida. Mientras los hombres van cayendo enfermos las chicas escriben como posesas en sus diarios. Pictogramas desesperados. Se superponen las imágenes del río y las imágenes de una orgía que nunca termina. El final es previsible. Los hombres disfrazan a las mujeres de gallinas y después de pasarlas por el aro se las comen en medio de un banquete nimbado de plumas. Se ven los huesos de Connie, Mónica y Doris en el patio de la fonda. El Pajarito Gómez juega otra mano de póquer. Tiene la suerte apretada como un guante. La cámara se coloca detrás de él y el espectador puede ver qué cartas lleva. Los naipes están en blanco. Sobre los cadáveres de todos ellos aparecen los títulos de crédito. Tres segundos antes del final el río cambia de color, se tiñe de negro azabache. Película profunda como pocas, solía recordar Doris, de esa vil manera acabamos las artistas de cine porno, devoradas por fulanos insensibles después de ser usadas sin descanso ni piedad. Parece que Bittrich hizo esa película para competir con las cintas de porno caníbal que empezaron a causar sensación en aquella época. Pero a poco que uno la vea con algo de atención se dará cuenta de que lo importante es el Pajarito Gómez sentado en la timba. El Pajarito Gómez, que sabía vibrar desde dentro hasta empotrarse en los ojos del espectador. Un gran actor desperdiciado por la vida, por nuestra vida, amiguitos. Pero ahí están las películas del alemán, todavía impolutas. Y ahí está el Pajarito Gómez sosteniendo esas cartas llenas de polvo, con las manos y el cuello sucios, los párpados eternamente caídos y vibrando sin tomarse un respiro. El Pajarito Gómez, un caso paradigmático en el porno de los ochenta. Ni la tenía grande, ni era culturista, ni gustaba a los consumidores potenciales de esa clase de películas. Se parecía a Walter Abel. Un aficionado que Bittrich sacó del arroyo para ponerlo delante de una cámara: el resto era tan natural que parecía mentira. El Pajarito vibraba, vibraba y de repente, dependiendo de la resistencia del espectador, éste quedaba atravesado por la energía de aquel trocito de hombre de apariencia tan endeble. Tan poquita cosa, tan mal alimentado. Tan extrañamente victorioso. El actor porno por excelencia del ciclo de películas colombianas de Bittrich. El que mejor daba la talla de muerto y el que mejor daba la talla de ausente. También fue el único que sobrevivió del elenco del alemán: en 1999 sólo quedaba con vida el Pajarito Gómez, los demás habían sido asesinados o se los había llevado por delante la enfermedad. Sansón Fernández, muerto de sida. Praxíteles Barrionuevo, muerto en el Hoyo de Bogotá. Ernesto San Román, muerto a navajazos en la sauna Arearea de Medellín. Alvarito Fuentes, muerto de sida en la prisión de Cartago. Todos jóvenes y con la picha superior. Frank Moreno, muerto a balazos en Panamá. Óscar Guillermo Montes, muerto a balazos en Puerto Berrío. David Salazar, llamado el Oso Hormiguero, muerto a balazos en Palmira. Caídos en ajustes de cuentas o en reyertas fortuitas. Evelio Latapia, colgado en un cuarto de hotel en Popayán. Carlos José Santelices, apuñalado por desconocidos en un callejón de Maracaibo. Reinaldo Hermosilla, desaparecido en El Progreso, Honduras. Dionisio Aurelio Pérez, muerto a balazos en una pulquería de México Distrito Federal. Maximiliano Moret, muerto ahogado en el río Marañen. Vergas de 25 y 30 centímetros, a veces tan grandes que no se podían levantar. Jóvenes mestizos, negros, blancos, indios, hijos de Latinoamérica cuya única riqueza era un par de huevos y un pene cuarteado por las intemperies o milagrosamente rosado quién sabe por qué extraños vericuetos de la naturaleza. La tristeza de las vergas Bittrich la entendió mejor que nadie. Quiero decir: la tristeza de esas pollas monumentales en la vastedad y desolación de este continente. Ahí tienen a Óscar Guillermo Montes en la escena de una película que ya he olvidado: el actor está desnudo de cintura para abajo, el pene le cuelga fláccido y goteante. El pene es oscuro y arrugado y las gotas son de leche brillante. Detrás del actor se abre el paisaje: montañas, cañadas, ríos, bosques, cordilleras, cúmulos de nubes, tal vez una ciudad y un volcán y un desierto. Óscar Guillermo Montes está subido en un promontorio y un vientecillo helado le acaricia un mechón de pelo. Eso es todo. Parece un poema de Tablada, ¿verdad?, pero ustedes nunca oyeron hablar de Tablada. Tampoco Bittrich, en realidad no importa, ahí está la película, debo de tener el vídeo por alguna parte, ahí está la soledad a la que me refería. El paisaje imposible y el cuerpo imposible. ¿Qué pretendió Bittrich al filmar esa secuencia? Justificar la amnesia, nuestra amnesia? ¿Hacer el retrato de los ojos cansados de Óscar Guillermo? ¿Enseñarnos simplemente un pene sin circuncidar goteando en la vastedad del continente? ¿Una sensación de grandeza inútil, de muchachos guapos y sin escrúpulos destinados al sacrificio: desaparecer en la vastedad del caos? Quién sabe. Sólo el aficionado Pajarito Gómez, cuyos atributos con mucho trabajo alcanzaban los 18 centímetros, era inaprehensible. El alemán flirteaba con la muerte, ¡no le importaba un carajo la muerte!, flirteaba con la soledad y con los agujeros negros, pero con el Pajarito nunca quiso ni pudo. Inasible, ingobernable, el Pajarito entraba en el ojo de la cámara por casualidad, como si pasara por allí y se hubiera detenido a mirar. Entonces se ponía a vibrar, sin dosificarse, y los espectadores, ya fueran pajeros solitarios u hombres de negocios que ponían el vídeo por vicio, sin apenas echarle más que un par de miradas, eran atravesados por los humores de aquella cosita. ¡Licor prostático eran las emanaciones del Pajarito Gómez! Y eso era algo distinto que no cabía en las elucubraciones del alemán. Bittrich lo sabía y generalmente cuando aparecía el Pajarito no había efectos adicionales, ni música ni sonidos de ninguna especie, nada que distrajera la atención del espectador de lo verdaderamente importante: el Pajarito Gómez hierático, chupado o chupador, cogedor o cogido, pero siempre, como quien no quiere la cosa, vibrando. A los protectores del alemán les desagradaba profundamente esta capacidad, ellos hubieran preferido que el Pajarito trabajara en el Mercado Central descargando camiones, que fuera usado sin límite y que luego desapareciera. Y sin embargo no hubieran sabido explicar qué era lo que no les gustaba de él, sólo intuían vagamente que era un tipo capaz de atraer la mala suerte y causar desazón en los corazones. A veces, cuando recuerdo mi infancia, pienso en lo que Bittrich debió de sentir por sus protectores. A los narcotraficantes los respetaba, al fin y al cabo eran los del dinero y Bittrich, como buen europeo, respetaba el dinero, un punto de referencia en medio del caos. Pero los militares y policías corruptos, qué debió pensar de ellos, él, que era alemán y que leía libros de historia. Qué caricaturescos debieron de parecerle, cómo debió de reírse de ellos, por las noches, después de alguna reunión agitada. Monos con uniformes de las SS, ni más ni menos. Y Bittrich, solo en su casa, rodeado de sus vídeos y de sus sonidos tremendos, cuánto debió de reírse. Y eran esos monos, con su sexto sentido, los que querían sacar al Pajarito del negocio. Esos monos patéticos e infames los que se atrevían a sugerirle a él, un cineasta alemán en el exilio permanente, a quién debía y a quién no debía contratar. Imaginaos a Bittrich después de una de esas reuniones: en la casa oscura del barrio de los Empalados, cuando ya todos se han marchado excepto él, que bebe ron y fuma Delicados mexicanos en la habitación más grande, la que le sirve de estudio y de dormitorio. En la mesa hay vasos de papel con restos de whisky. Sobre la tele dos o tres vídeos, las últimas producciones de la Productora Cinematográfica Olimpo. Agendas y hojas arrancadas, rellenas de números, sueldos, coimas, bonificaciones. Dinero de bolsillo. Y en el aire las palabras del comisario de policía, del teniente de aviación, del coronel del Servicio de Inteligencia Militar: queremos lejos a ese pájaro de mal agüero. A la gente le revuelve el estómago verlo en nuestras películas. Es de mal gusto tener a esa babosa jodiéndose a las chicas. Pero Bittrich los dejaba hablar, los estudiaba en silencio y luego hacía lo que le venía en gana. Total, sólo era cine porno, nada verdaderamente rentable. Así fue como el Pajarito se quedó con nosotros aunque a los capitalistas de la productora les resultara inquietante su presencia. El Pajarito Gómez. Un tipo callado y no muy cariñoso al que las chicas, sin que se sepa por qué, le tomaron un afecto especial. Todas, por motivos laborales, se lo pasaron por la piedra y en todas el Pajarito dejó un regusto extraño, algo que no se sabía muy bien qué era y que invitaba a repetir. Supongo que estar con el Pajarito era como estar en ninguna parte. Doris incluso llegó a vivir un tiempo con él, pero la cosa no resultó. Doris y el Pajarito: seis meses entre el hotel Aurora, que era donde vivía él, y el apartamento en la Avenida de los Libertadores. Demasiado bonito para que durara, ya saben, los espíritus singulares no soportan tanto amor, tanta perfección encontrada por casualidad. Si Doris no hubiera tenido ese cuerpo y además hubiera sido muda, y si el Pajarito jamás hubiera vibrado. Durante la filmación de <em>Cocaína, </em>una de las peores películas de Bittrich, el asunto terminó de romperse. De todas maneras siguieron siendo amigos hasta el final. Muchos años después, cuando ya todos estaban muertos, busqué al Pajarito. Vivía en un apartamento minúsculo, de una sola habitación, en una calle que daba al mar, en Buenaventura. Trabajaba de camarero en el restaurante de un policía jubilado, La Tinta del Pulpo, el lugar ideal para alguien que temiera ser descubierto. De la casa al trabajo y del trabajo a casa, con una breve escala en una tienda de vídeos donde solía alquilar una o dos películas cada día. Películas de Walt Disney y el viejo cine colombiano, venezolano y mexicano. Todos los días puntual como un reloj. De su apartamento sin ascensor a La Tinta del Pulpo y de allí, entrada la noche, a su apartamento, con las películas bajo el brazo. Nunca llevaba comida, sólo películas. Y las alquilaba indistintamente al ir o al volver, en la misma tienda, un tugurio de tres metros por tres que permanecía abierto dieciocho horas al día. Lo busqué por capricho, porque me dio la venada. Lo busqué y lo encontré en 1999, fue fácil, no tardé más de una semana. El Pajarito tenía entonces cuarentainueve años y aparentaba diez más. No se sorprendió al llegar a casa y encontrarme sentado en la cama. Le dije quién era, le recordé las películas que había hecho con mi madre y con mi tía. El Pajarito cogió una silla y al sentarse se le cayeron los vídeos. Has venido a matarme, Lalito, dijo. Una película era de Ignacio López Tarso y la otra de Matt Dillon, dos de sus actores favoritos. Le recordé los viejos tiempos de Pregnant Fantasies. Los dos sonreímos. Vi tu pichula transparente como gusano, porque tenía los ojos abiertos, ya sabes, vigilando tu ojo de cristal. El Pajarito asintió con la cabeza y luego se sorbió los mocos. Siempre fuiste un niño listo, dijo, también fuiste un feto listo, con los ojos abiertos, por qué no. Te vi, eso es lo importante, dije. Allí dentro eras rosado al principio pero luego te volviste transparente y te cagaste de asombro, Pajarito. Entonces no tenías miedo, te movías con tanta rapidez que sólo los animales pequeños y los fetos podían verte. Sólo las cucarachas, las liendres, las ladillas y los fetos. El Pajarito miraba el suelo. Lo oí susurrar: etcétera, etcétera. Luego dijo: nunca me gustó esa clase de películas, una o dos está bien, pero tantas es un crimen. Hasta donde cabe soy una persona normal. Por Doris tuve un cariño sincero, tu madre siempre encontró un amigo en mí, cuando eras pequeño nunca te hice daño. ¿Lo recuerdas? No fui yo el promotor del negocio, nunca traicioné a nadie, nunca maté a nadie. Trafiqué un poco y robé un poco, como todos, pero ya ves, no pude jubilarme bien. Luego recogió las películas del suelo, puso en el vídeo la de López Tarso y mientras pasaban las imágenes sin sonido se echó a llorar. No llores, Pajarito, le dije, no vale la pena. Ya no vibraba. O tal vez todavía vibrara un poquito y yo sentado en la cama recogí esos restos de energía con la voracidad de un náufrago. Es difícil vibrar en un apartamento tan reducido, con ese olor a caldo de gallina que se colaba por todos los resquicios. Es difícil percibir una vibración si tienes los ojos fijos en Ignacio López Tarso gesticulando mudo. Los ojos de López Tarso en blanco y negro: ¿cómo se podía fundir tanta inocencia y tanta malicia? Un buen actor, señalé, por decir algo. Un padre de la patria, corroboró el Pajarito. Tenía razón. Luego susurró: etcétera, etcétera. Pinche Pajarito jodido. Durante mucho rato permanecimos en silencio: López Tarso se deslizó por su argumento como un pez en el interior de una ballena, las imágenes de Connie, Mónica y Doris brillaron unos segundos en mi cabeza y la vibración del Pajarito se hizo imperceptible. No he venido a liquidarte, le dije finalmente. En aquella época, cuando aún era joven, me costaba emplear la palabra matar. Nunca mataba: daba el billete, borraba, hundía, desintegraba, hacía puré, desmenuzaba, dormía, pacificaba, quebrantaba, malograba, abrigaba, ponía bufandas y sonrisas perennes, archivaba, vomitaba. Quemaba. Pero al Pajarito no lo quemé, sólo quería verlo y platicar un rato con él. Sentir su tictac y recordar mi pasado. Gracias, Lalito, dijo, y luego se levantó y llenó una palangana con el agua de una garrafa. Con movimientos exactos, artísticos y resignados, se lavó las manos y la cara. Cuando yo era niño, Connie, Mónica, Doris, Bittrich, el Pajarito, Sansón Fernández, todos me llamaban así: Lalito. Lalito Cura jugando con los gansos y los perros en el jardín de la casa del crimen, que para mí era la casa del aburrimiento y a veces del asombro y la felicidad. Ahora no hay tiempo para aburrirse, la felicidad desapareció en algún lugar de la tierra y sólo queda el asombro. Un asombro constante, hecho de cadáveres y de personas comunes y corrientes como el Pajarito, que me daba las gracias. Nunca pensé en matarte, dije, conservo todas tus películas, no las veo muy a menudo, lo reconozco, sólo en momentos especiales, pero las guardo con cuidado. Soy un coleccionista de tu pasado cinematográfico, le dije. El Pajarito volvió a sentarse. Ya no vibraba: de reojo miraba la película de López Tarso y en su reposo se traslucía la paciencia de las rocas. Eran las dos de la mañana según el despertador de la cama. La noche anterior había soñado que encontraba al Pajarito desnudo y que mientras lo montaba le gritaba al oído palabras ininteligibles acerca de un tesoro escondido. O acerca de una ciudad subterránea. O acerca de un difunto envuelto en papeles que resistían la podredumbre y el paso del tiempo. Pero ni siquiera puse mi mano en su hombro. Te dejaré dinero, Pajarito, para que vivas sin trabajar. Te compraré lo que quieras. Te llevaré a un lugar tranquilo donde puedas dedicarte a contemplar a tus actores favoritos. En el barrio de los Empalados no hubo nadie como tú, dije. Paciencia de piedra, Ignacio López Tarso y el Pajarito Gómez me miraron. Los dos con una mudez enloquecida. Con los ojos llenos de humanidad y de miedo y de fetos perdidos en la vastedad de la memoria. Fetos y otros seres pequeños con los ojos abiertos. Amiguitos, por un instante tuve la sensación de que el apartamento entero se ponía a vibrar. Luego me levanté con mucho cuidado y me marché.</p>
<p align="center"><img src="http://www.anagrama-ed.es/img/portadas/NH314.jpg" /></p>
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		<title>Todos mis amigos</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Oct 2006 17:20:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nico</dc:creator>
		
	<category>Literatura</category>
	<category>Autores</category>
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		<description><![CDATA[&#8220;Todos mis amigos son chamanes fallidos. Y como no tenemos puta idea de cómo volar o curar, hemos cambiado las plantas mágicas por el cristal, la sabiduría por la ironía. Cuando nos juntamos, junta de brujos apendejados, de delirios caídos. Y, sin embargo, un día, sospecho, extrañaré estos días de desilusión absoluta, estas yertas reuniones.&#8221;
Heriberto [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&#8220;Todos mis amigos son chamanes fallidos. Y como no tenemos puta idea de cómo volar o curar, hemos cambiado las plantas mágicas por el cristal, la sabiduría por la ironía. Cuando nos juntamos, junta de brujos apendejados, de delirios caídos. Y, sin embargo, un día, sospecho, extrañaré estos días de desilusión absoluta, estas yertas reuniones.&#8221;</p>
<p>Heriberto Yepez, grafómano made in tijuana, en su blog: <a href="http://hyepez.blogspot.com/">hecho en hache</a>
</p>
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		<title>Los 12 mil adversativos</title>
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		<pubDate>Wed, 27 Sep 2006 06:19:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nico</dc:creator>
		
	<category>Autores</category>
	<category>Noticias</category>
	<category>Historia</category>
	<category>¿quién?</category>
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		<description><![CDATA[Éste es un link roto. Sólo se puede hurgar en el caché de google, esto es, ciberarqueología ante el espejo. Y confieso: casi no lo posteo, es decir, tuve los míos, mis nobstantes y sus sinembargos; aunque al final, señores, todos ellos juntos dijeron: ¡Pero qué puta! Es la palabra favorita de un pueblo, es la palabra [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Éste es un link roto. Sólo se puede hurgar en el <a href="http://66.102.7.104/search?q=cache:YjRvepu1a9YJ:www.aopoi.com.py/sis.php%3F%26cod%3D46%26sid%3Dscan%26id_cat%3D42%26type%3Dcontenido%26cat%3DNOTICIAS%2520DEL%2520DIA+aopoi+record+guinness+paraguayo&amp;hl=es&amp;gl=mx&amp;ct=clnk&amp;cd=1">caché</a> de google, esto es, ciberarqueología ante el espejo. Y confieso: casi no lo posteo, es decir, tuve los míos, mis nobstantes y sus sinembargos; aunque al final, señores, todos ellos juntos dijeron: ¡<strong>Pero</strong> qué puta! Es la palabra favorita de un pueblo, es la palabra favorita de todo abogado, ndera kore: amalgama perfecta. Esto es mejor que el uruguayo que comió más huevos duros (traído a colación en la película del suicidado Juan Pablo Rebella, <em><a href="http://www.imdb.com/title/tt0280381/">25 watts</a></em>). </p>
<p>Es una gran tragedia que no le hayan dado bolilla, al parecer, estos miopes del Guinnes. ¡Aquí sus conjuntivos perdurarán, Fernández, no se agotarán!</p>
<p>Publicado mal que mal en la sección de noticias del sitio caído <a href="http://www.aopoi.com.py/">www.aopoi.com.py</a>, el 15 de abril de 2006. No encontré otra fuente. ¿Alguien?</p>
<p>-</p>
<p><strong>Paraguayo en el libro Guinness<br />
Quiere ingresar con doce mil versos escritos</strong></p>
<p align="justify">El compatriota Carlos Miguel Fernández Ortiz es el autor de \&#8221;Pero\&#8221;, libro de poemas satíricos. El autor se propuso escribir poemas en donde pone el conjuntivo adversativo de la palabra \&#8221;pero\&#8221; para cada uno de los temas que elige. La siguiente estrofa es un ejemplo: \&#8221;Yo quiero contarte, pero, una infidencia&#8230; / Como un embarazo, pero, indeseado&#8230;/ O un hijo que vino, pero, inesperado\&#8221;.<a id="more-170"></a></p>
<p>Fernández Ortiz escribió más de 12.000 versos y piensa ingresar en el Record Guinness por esta particularidad. Está en contacto con esa entidad y esta semana enviará un original del libro a Londres.</p>
<p>El autor sostiene que en todo hay un pero y lo explica también en sus versos cargados de humor e ironía, cuando dice: \&#8221;No sé por qué cuernos hay peros, en la vida&#8230;./ ¡En todas las cosas, el maldito pero! /Creando problemas pero, haciendo trabas&#8230;\&#8221;.</p>
<p>El escritor dice que \&#8221;fue una coincidencia comenzar a escribir algunas estrofas y ya no pude dejar de hacerlo. Pensé escribir en forma jocosa sobre la frecuencia con la que se pronuncia la palabra pero y que muchas veces se abusa de ella. Empecé a contar la historia de la humanidad que está llena de peros escrita en poemas\&#8221;.</p>
<p>El tiempo que le ocupó realizar las investigaciones de los temas que eligio fue de 12 meses. Carlos Miguel Fernández Ortiz es abogado y escribano público, tambien ha escrito otros libros como <strong>\&#8221;Mis versos perdurarán\&#8221; (2003), edición agotada.</strong>
</p>
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		<title>artaud</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jun 2006 15:45:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lucas corso</dc:creator>
		
	<category>Literatura</category>
	<category>Autores</category>
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		<description><![CDATA[ 
 Antonin Artaud murió un 4 de marzo de 1948 en la clínica  de Irvy-sur-Seine . A la hora en que solían llevar a los enfermos la taza de café y el pedazo de pan , la enfermera de servicio lo encontró tirado al lado de la cama . Tal vez había querido vestirse, todavía sostenía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img height="96" alt="antonin artaud" src="http://www.elfarol.org/imaginera/wp-content/artaud.miniatura.JPG" /> <img height="96" alt="antonin artaud" src="http://www.elfarol.org/imaginera/wp-content/artaud.miniatura.JPG" /><img height="96" alt="antonin artaud" src="http://www.elfarol.org/imaginera/wp-content/artaud.miniatura.JPG" /><img height="96" alt="antonin artaud" src="http://www.elfarol.org/imaginera/wp-content/artaud.miniatura.JPG" /></p>
<p> Antonin Artaud murió un 4 de marzo de 1948 en la clínica  de Irvy-sur-Seine . A la hora en que solían llevar a los enfermos la taza de café y el pedazo de pan , la enfermera de servicio lo encontró tirado al lado de la cama . Tal vez había querido vestirse, todavía sostenía un zapato en unas de sus manos .-<br />
El escritor Jean Marabini lo había ido a visitar una semana atrás a la clínica , y en una nota publicada en un diario parisino comenta ese encuentro  con Artaud en  un cuarto desolado en lo que fuera el antiguo pabellón de caza de un Orleáns . “ Fue entonces – dice Marabini - cuando me confesó que había contraído el cáncer y que debía tomar fuertes dosis de cloral* para aplacar sus sufrimientos. Había rechazado una invitación de sus íntimos, que querían llevarlo al sur . Les dijo:<br />
_ A fines de febrero o a comienzos de marzo estaré muerto.<br />
La profecía se cumplió  .<a id="more-109"></a></p>
<p>Artaud vivía sus últimos días  en un cuarto desolado , estaba tendido al pie de una inmensa chimenea sobre un jergón . En la pared, unos dibujos fulgurantes suyos recordaban los bocetos de Van Gogh .  Afuera , el viento frio azotaba las ventanas del hospicio y en la habitación el fuego de la chimenea daba vida a las sombras que habitaban los rincones . Antonin se levanta, enciende con la mano temblorosa un Galouise y se pasea por el gran cuarto y dice :<br />
“Lo que quiero decir antes de morir es que odio a los psiquiatras. En el hospital de Rodez yo vivía bajo el terror de una frase: &#8220;El señor Artaud no come hoy, pasa al electroshock&#8221;. Sé que existen torturas más abominables. Pienso en Van Gogh, en Nerval, en todos los demás. Lo que es atroz es que en pleno siglo XX un médico se pueda apoderar de un hombre y con el pretexto de que está loco o débil hacer con él lo que le plazca. Yo padecí cincuenta electroshocks, es decir, cincuenta estados de coma. Durante mucho tiempo fui amnésico. Había olvidado incluso a mis amigos: Marthe Robert, Henri Thomas, Adamov; ya no reconocía ni a Jean Louis Barrault. Aquí en Ivry sólo el doctor Delmas me hizo bien; lamentablemente murió&#8230;”<br />
Continúa febrilmente:<br />
-“Estoy asqueado del psicoanálisis, de ese &#8220;freudismo&#8221; que se las sabe todas. Ahora sólo puedo concebir la pureza. Todos aquellos que dejaron algo: Edgar Poe, Baudelaire, Van Gogh, eran castos. Yo únicamente puedo crear cuando soy casto.”.<br />
 </p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-[<br />
EL SUICIDADO<br />
Antonin Artaud se creo a si mismo . El solo , como uno pocos, ha podido materializar la ruptura del individuo con la sociedad y ha logrado que la destrucción voluntaria de su yo se concretara en un acto , transfigurándose –junto con su obra – en la creación mas pura . &#8220;Es tan duro no existir más. No ser más en alguna cosa. El verdadero dolor es sentir su pensamiento trasladarse en uno mismo. Sólo tengo una ocupación: ¡re-hacerme!&#8221;, supo sentenciar .-<br />
Pero al igual que Van Gogh , Artaud tambien sufrió en la piel y los nervios , el castigo de esa sociedad a la que el no se cansaba de escupirle en la cara . Entonces no es difícil suponer que en su libro “Van Gogh, el suicidado por la sociedad” era el propio Artaud , el que se miraba en el espejo y le respondía a quienes pretendieron extirpar su delirio :  &#8220;¿Dónde se encuentra, en ese delirio, el puesto del yo humano? Van Gogh buscó el suyo durante toda su vida con una energía y una determinación extrañas. No se suicidó en un arranque de locura, en el trance de no llegar al yo, sino por el contrario, acabando de llegar y de descubrir lo que él era y quién era, cuando la conciencia general de la sociedad -para castigarlo por haberse puesto al margen de ella - lo suicidó&#8221;.<br />
Cuando Artaud escribió <em>Vincent Van Gogh, el suicidado por la sociedad</em>, lo hacía a partir de su propia experiencia; él vivió la experiencia de ser condenado a muerte por una sociedad hipócrita que, según lo pudo ver, vive de apariencias y de una esclavitud disfrazada de moda en la sociedad de consumo.-<br />
EL ABISMO DEL ESPIRITU<br />
Reconocerse en Antonin Artaud es una costumbre que practican aquellos que habitan algún tipo de infierno.  Agustina Johart escribe en un articulo sobre el poeta que : “El arte como manifestación es un nervio vivo por el cual escapamos a las formas de morir o recreamos nuevas maneras de estar para estar en la vida; es el puente que nos conecta con una realidad deseada, pero no olvidemos que los dolores y los placeres están dentro de cada uno: cualquiera otra invención de espacios ideales será una ficción infernal: el arte nos libra de la locura y nos conduce paradójicamente a ella” .  En este sentido Artaud fue el artista más sincero consigo mismo y con el arte; siempre fue en busca de lo que jamás hallaría o, quién sabe, en busca de lo que ya estaba en él. –<br />
 <br />
&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;<br />
UN GRITO<br />
Artaud   camina en círculos en la habitación del hospicio mientras testifica con sus visceras una realidad tan ineludible como inexplicable &#8230; Y  en eso , apuñala con una sentencia de las mas violentas y que paradójicamente esta marcada por una pasividad extrema :  &#8220;Tengo que levantar una protesta por haber hallado en el electroshock a muertos que no hubiese querido ver.&#8221;<br />
<strong>Artaud  s</strong>ólo pide el derecho a disponer de su angustia, la angustia que hace a los locos, a los suicidas, a los condenados; la angustia que la medicina desconoce y que el doctor no entiende , la angustia que te  arranca la vida&#8230;<br />
En la última página de su libro  &#8220;EL PESA-NERVIOS&#8221; nos tira por la cara  su grito tremendo, pleno de vida y de poesía. Grito profético, triunfador de la muerte: &#8220;Dentro de diez años seré comprendido&#8230; Entonces se conocerán mis géyseres, se verán mis hielos, se habrá aprendido a desnaturalizar mis venenos, se descubrirán los juegos de mi alma.<br />
&#8220;Entonces todos mis cabellos estarán fundidos en cal, todas mis venas mentales. Entonces se percibirá mi bestiario, y mi mística se habrá convertido en un sombrero. Entonces se verán humear las juntas de las piedras, y ramos arborescentes de ojos mentales se cristalizarán en glosarios; entonces se verán caer aerolitos de piedra, entonces se verán sogas, entonces se comprenderá la geometría sin espacios y se aprenderá lo que es la configuración del espíritu y se comprenderá también cómo he perdido el espíritu.<br />
&#8220;Entonces se comprenderá por qué mí espíritu no está aquí, entonces se verán agotarse las lenguas, desecarse todos los espíritus, las figuras humanas se aplastarán, se desinflarán como aspiradas por ventosas secantes, y esa membrana lubricante continuará flotando en el aire, esa membrana lubricante y cáustica, esa membrana de dos espesores, de múltiples grados, de grietas infinitas, esa membrana melancólica y vítrea, pero tan sensible, tan pertinente también, tan capaz de multiplicarse, de desdoblarse, de volverse con sus reverberos de grietas, de sentido, de estupefacientes, de irrigaciones penetrantes y nocivas,  entonces todo esto parecerá bien,  y ya no tendré necesidad de hablar.&#8221;.-
</p>
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		<title>Francisco Cafca era un loro chaqueño</title>
		<link>http://www.elfarol.org/imaginera/?p=79</link>
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		<pubDate>Fri, 19 May 2006 13:01:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Occipeto Exopilo</dc:creator>
		
	<category>Literatura</category>
	<category>Cuentos</category>
	<category>Autores</category>
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		<description><![CDATA[<img src="http://kunst.per.nl/linnartz/kafkaimg/kafka1.jpg" alt="kafka es un loro" width="318" height="184">

Hay una cafquiana cortita, muy hermosa que me la contó una peruana (tanto o más hermosa que la historia en sí). Entre poética y rimbombante, son de ese tipo de cosas que aunque uno dude, y se afane dentro del escepticismo, finalmente opte por mirar los ojitos bellos y aceptar. Sí, de ese tipo de cosas hablo.

Según cuenta ella, la cuestión pasó en un pueblito que de cafca debían saber tanto como yo de comida, -y es que debo reconocer que soy un flaco inapetente, y que en ciertos lugares los flacos, además de inapetentes, son ineptos e insípidos.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="right"><em>A Mateo Fuentes, y a su papá Mario Fuentes</em></p>
<p><img src="http://kunst.per.nl/linnartz/kafkaimg/kafka1.jpg" alt="http://kunst.per.nl/linnartz/kafkaimg/kafka1.jpg" width="318" height="184"></p>
<p>Hay una cafquiana cortita, muy hermosa que me la contó una peruana (tanto o más hermosa que la historia en sí). Entre poética y rimbombante, son de ese tipo de cosas que aunque uno dude, y se afane dentro del escepticismo, finalmente opta por mirar los ojitos bellos y aceptar. Sí, de ese tipo de cosas hablo.</p>
<p>Según cuenta ella, la cuestión pasó en un pueblito que de cafca debían saber tanto como yo de comida, -y es que debo reconocer que soy un flaco inapetente, y que en ciertos lugares los flacos, además de inapetentes, son ineptos e insípidos.<br />
<a id="more-79"></a><br />
Bien, debo corregirme, -y es que es encantador hacerlo en estos términos, antes que borronear la palabra errada, errante, es más naif corregir errores con palabras escritas, seguir escribiéndolas y no borrar nada de lo antes escrito, no borronear nada, seguir escribiendo, sin parar, que la cuestión vaya fluyendo, que fluya. Es que no era un pueblito… creo que era la estancia de alguien, en algún lugar del chaco paraguayo, y puntualmente en la cocina de la estancia de alguien en algún lugar del chaco paraguayo. </p>
<p>Ahora rectifícame: tal vez si conocían a nuestro bienamado <strong><a href="http://www.biografiasyvidas.com/biografia/k/kafka.htm">Francisquito Cafca</a></strong>, ¿no?, de cualquier modo rogamos que así fuera.</p>
<p>La cocinera, que me la imagino inmensa, redonda, y malhablada preparaba todo el tiempo menús deliciosos, siempre con materia prima casera: huevitos de codorniz, pollo, pavo, cerdo, leche de vaca, de cabra… y probablemente en los cortos inviernos fríos, secos, chaqueños, la mujer vestía tricotas de lana de oveja. Veo a otra mujer, no tan gorda pero con bastantes años encima, sentada tejiendo directamente del <em>ovechá ragué</em> (para los hispanoparlantes no guaraníleyentes ubico los acentos: en guaraní las palabras agudas no se acentúan con tilde gráfico).</p>
<p>Dentro de la cocina, y nadie preguntó por qué ahí precisamente, había un loro que observaba con lascivia sadomasoquista quizá el desplume y cocimiento de aves. Un loro bello, describió la peruana hermosa, que se lo imaginaba de muchos colores, porque tampoco lo conoció, confesó al tiempo, y dijo haber escuchado esta historia de boca de uno de sus parientes en una mesa en la que se degustaban exquisiteces marinas: Un loro bello, con rojos y amarillos y naranjas y verdes, y con una exhuberancia comparable a la de los papagayos.</p>
<p>Ella, la peruana, divertíase con enclíticos y juegos de palabras. Le parecía casi mágico, por ejemplo, el hecho que existieran papagayos paraguayos, o gallos con doble ele en lugar de paramilitares; simplemente una delicia escucharla sonreír, una delicia verla viéndote con ojos hermosos.</p>
<p>El loro desarrollóse y creció y fue educado según las costumbres chaqueñas, siempre en la cocina, sin jaula y sin restricciones. Sin embargo, cierto día, de lo más animado posible, comenzó a sacarse una pluma tras otra, tras otra, tras otras o tras otras o tras, hasta quedar peladito. Comenzó temprano, durante el alba y concluyó su labor exactamente a la hora en que la cocinera hervía agua. El loro, pendiendo del techo, sin poder volar ya, debido a la ausencia de plumas, caminó por una de las vigas hasta situarse justo sobre la olla con agua hirviendo, y en el momento en que la cocinera, descuidada y con ganas de ir al baño, abandonó su <em>güorquin ária</em>, el loro, en un acto de lo más cafquiano, arrojóse haciendo piruetas y malabares durante la caída, sobre la olla con agua hirviendo. </p>
<p>Al volver la cocinera encontróse con el loro ya hinchado y listo para servir. El pollo que había desplumado se lo regaló al chico que traía los diarios de la capital. Y enojada con sus patrones, sirvióles el almuerzo: un pollo delicioso, sin embargo pequeño.</p>
<p>De lo bueno poco, y dos veces bueno comentó el Señor de la casa. </p>
<p>Cuando, con el pasar de los días, se percataron del silencio matutino, por la falta de los gritos y silbidos del <a href="http://www.granhotel.com.py/assets/images/papagayo5.JPG">parapagayo paparaguayo</a> evitaron pensar que aquella carne tan rica provenía del loro, o pensaron que comiéndose al loro sin saberlo sentirían menos culpa cuando el sueño les durara hasta después de las 10.
</p>
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		<title>Algo de Miller, decadencia y una catarsis escatológica.</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Apr 2006 03:05:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>LaVacaMulticolor</dc:creator>
		
	<category>Literatura</category>
	<category>Autores</category>
	<category>webeo</category>
	<category>recortes</category>
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		<description><![CDATA[Altamente recomendable, un libro de Henry Miller titulado &#8220;Los libros de mi vida&#8221; y que llegó a mis manos gracias al post Leer es una cagada, en Katarsis. (Gracias Chinaski)
 
Aquí un pequeño recorte del primer capítulo. Todavía sigo enganchada. Deben haber mejores recortes, ya los postearé.
Así, al abrir el otro día uno de mis cuadernos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Altamente recomendable, un libro de Henry Miller titulado &#8220;Los libros de mi vida&#8221; y que llegó a mis manos gracias al post <a title="Katarsis" href="http://www.katarsis-net.com.ar/archivos/leer-es-una-cagada.php" target="_blank">Leer es una cagada</a>, en <a title="Katarsis" href="http://www.katarsis-net.com.ar/" target="_blank">Katarsis</a>. (Gracias Chinaski)</p>
<p> <img id="image42" height="96" alt="Henry Miller" src="http://www.elfarol.org/imaginera/wp-content/miller.jpg" /></p>
<p>Aquí un pequeño recorte del primer capítulo. Todavía sigo enganchada. Deben haber mejores recortes, ya los postearé.</p>
<p><em>Así, al abrir el otro día uno de mis cuadernos de apuntes de París buscando otra cosa, di con uno de los pasajes que han vivido conmigo durante años. Ha sido escrito por Gautier y corresponde a la Introducción de Against the Grain, de Havelock Ellis. Comienza: -El poeta de las Fleurs du Mal amaba lo que impropiamente se llama el estilo decadente, y que no es otra cosa que un arte que ha llegado a ese punto de extrema madurez que dan los soles ponientes de antiguas<a id="more-41"></a> civilizaciones: un estilo ingenioso y complicado, cargado de sombras y de indagación, que constantemente presiona hacia atrás los límites de la palabra, tomando prestado de todos los vocabularios técnicos, tomando colorido de las paletas y tomando notas de todos los teclados&#8230;- Después sigue una frase que siempre resalta como iluminado semáforo: -El estilo decadente es la última palabra del mundo, elevada a su expresión más acabada y llevada a su último escondrijo.</em>
</p>
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		<title>Muere Stanislaw Lem</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Mar 2006 12:59:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Porcomaster</dc:creator>
		
	<category>Autores</category>
	<category>Libros</category>
	<category>Noticias</category>
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		<description><![CDATA[A los 84 años muere el autor de &#8220;Solaris&#8221;.

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			<content:encoded><![CDATA[<p>A los 84 años muere el autor de &#8220;Solaris&#8221;.</p>
<p><span class="tahomaEstiloGrisClaro"><img title="Lem, Stanislaw" alt="Lem, Stanislaw" src="http://www.epdlp.com/fotos/lem.jpg" /></span></p>
<p><span class="tahomaEstiloGrisClaro"><a href="http://www.lanacion.com.ar/792441">http://www.lanacion.com.ar/792441</a></span></p>
<p><span class="tahomaEstiloGrisClaro"><a href="http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1929">http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1929</a></span></p>
<p><a href="http://www.lem.pl/">http://www.lem.pl/</a>
</p>
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